Revista Literaria Periódico Cultural

16.5.2008 GMT

Mora Torres Escoloprendra. Newsleters

Escolopendra, Escolopendra

Poetas mayores y menores, regalos inolvidables y otro festín de versos

Hace algunos años había en esta ciudad -es decir, en cualquier ciudad latinoamericana ( El impacto de las tecnologías de información y comunicación en las sociedades latinoamericanas )- una casa con patio grande, árboles rodeándolo, sillas y una tarima iluminada desde donde se leían poemas por la noche.

Siempre ocurría en verano, o en los días más cálidos de la primavera, y a veces una gran luna nos acompañaba y nos hacía pensar en Li Po: “…bebo e invito a beber a la luna, con ella y con mi sombra seremos tres” ( Cultura China ).

Allí se bebía poesía buena, mala, antigua, romántica, surrealista, moderna o posmoderna; no importaba mucho la etiqueta, ni siquiera la calidad ( Las Islas de Chiloé en el Mundo Global ).

Era la voz de alguien que bajo luces fantasmales y entre el perfume de rosas y hortensias ( Ikebana: El camino de las flores ) leía sus escritos de papel, nos hipnotizaba con palabras que sonaban a música ( Impacto de la Música sobre los adolescentes ).

También se bebía un poco de vino: algunos tenían en la mano un vasito de plástico blanco (desde acá y ahora mismo brindo con Carlos Esquivel Zapata, quien escribió en el post anterior: “…sabrá usted que yo soy un chacarero del vino que por esas cosas de los nietos, me introdujeron en esta caja, donde como usted bien dice echo a volar los pájaros y además leo y admiro las cosas contadas por otros (…) me producen una incontable cantidad de sensaciones que me acompañan en las madrugadas o en las oraciones de la tarde entre mis parrales…”).

El vino ( Los vinos ) no era precisamente el mejor, pero estaba mezclado con amigos, lecturas y miradas en éxtasis ( Los efectos extraños de las endorfinas ).

Y esa era toda la fiesta que tiene guardada mi memoria; escuché leer bajo la luna y entre los árboles a poetas grandes, medianos y mínimos, y entendí que lo “mínimo” también hace magia, y que por algo “J. L. B.” tiene un poema llamado “A un poeta menor de la antología” y otro titulado sencillamente “Un poeta menor”.

Yéndonos de los versos -pero relacionado con ellos, ya van a ver por qué- contaré una de mis historias.

Anécdota muy ilustrativa

Un día me sucedió regalar un libro al que, de fábrica, le faltaban palabras.

No era un defecto demasiado importante; el nombre de un poema estaba en blanco por esos accidentes inevitables, en ocasiones, de la tinta y la imprenta.

Intenté reparar el error, aunque sabía que mi amigo Enrique se daría cuenta de inmediato, pero yo no quería ocultarle el parche.

Dibujé con tinta china, con mi mejor caligrafía, las palabras “Milibares de la tormenta”, que tal era el título faltante del escrito de Aimé Cesaire que figuraba en esa página y que copio para ilustrar la maravilla de este genio de la Martinica llamado “el poeta de la negritud”, surrealista por vocación y longevo por gracia de Dios (nació en 1912 y acabo de enterarme que murió hace unas pocas semanas; les prometo averiguar un poco más, ustedes también pueden hacerlo en Internet):

“No apacigüemos al día y salgamos a cara descubierta
cara a los países desconocidos que interrumpen el canto de los pájaros
la asechanza se instala a lo largo de un ruido de confines de planetas
no prestes atención a las orugas que tejen
una carne sutil con hombros y senos posibles
sino sólo a los milibares que se plantan en el ojo de una tormenta
para liberar el espacio donde se yerguen el corazón de las cosas y la llegada del hombre
Sueño no apacigüemos
entre los clavos enloquecidos
un rumor de lágrimas que se dirige a tientas hacia el ala inmensa de los párpados”.

(Busquen por mí en el diccionario la palabra “Milibar”, cuyo significado desconozco pero imagino en parte).

El arreglo que hice quedó bastante bien: se notaba que había intentado reparar un “error de fábrica”; el libro acababa de ser adquirido por mí, y, además, era hermoso (”física” y “espiritualmente”).

Pasó un año y medio y en un cumpleaños alguien me lo regaló, supe que era el mismo ejemplar precisamente por el arreglo que yo le había hecho al escribir en tinta china.

El obsequiante no era Enrique sino otra amiga, llamada Milita, de quien ni siquiera yo hubiera sospechado que conocía a Enrique, por lo que entré en averiguaciones, y era verdad, ¡no se conocían!

¡El libro había pasado por muchas manos antes de regresar a mí!

Estaba intacto, con un nuevo papel de celofán y un moño rojo con ribetes verdes.

Lo agradecí, y ahora lo tengo entre mis preferidos, a mi lado para siempre, imprestable por decisión mía.

Es la Antología de la poesía surrealista, de Aldo Pellegrini, publicada por Editorial Argonauta, en cuya tapa hay una boca de espléndidos labios sobre fondo rojo, de Man Ray, el gran fotógrafo.

Me declaro incompetente

No sé hacer regalos, nunca lo supe.

Generalmente intento “gastar un poco más” para agradar a mi regalado agasajado.

Pero es precisamente ese “poco más” de dinero lo que convierte a mi ofrenda en fría, convencional y rápidamente olvidable.

Se mezcla con los perfumes que las damas ya tienen y da por resultado sólo olor a cálculo.

Se mezcla con los chalecos y suéteres de caballeros que, quizá, no comparten mi afición a los colores pastel, o si la comparten tienen ya suficientes y mis regalos pasan inadvertidos.

Se mezcla con mi gusto particular por cierta especie de literatura, y da por resultado un libro -Bella Durmiente- que reposará cien años en un estante o que, con mejor suerte, será obsequiado nuevamente.

Por eso, tengo el mayor respeto por aquellos cuya sabiduría se expresa -generalmente acompañada de otros talentos, por ejemplo el de hacer buena poesía en la persona que voy a retratar- al elegir lo que nos gustará.

María Magdalena, obsequiadora de lo inolvidable

Una María Magdalena que conozco es maestra en esas artes de escoger regalos, es decir, es de esos artistas de lo “para siempre” que tanta dicha y amor producen (otra María Magdalena, más antigua, obsequiaba perfumes a Jesús) .

Estoy rodeada de los objetos más preciosos imaginables que puedan conseguirse a la medida de mis deseos, y ella los consiguió para mí.

Haré una lista rápida e incompleta de sus mágicos aportes a mi bienestar y alegría:

Un libro con dibujos -no con pinturas, que son muy comunes- de Chagall.

Las Mil y Una Noches con letras doradas y tapas enteladas adquirida en una librería de viejo.

Un bastidor de pintor donde pongo todos los días una lámina diferente.

Un gato de madera sentado sobre la tabla de la biblioteca que sostiene una caña de pescar con un hilo en cuya punta hay un pescadito (minúsculo).

Un almohadón - edredón que parece un caramelo y que me es imprescindible para apoyar el hueco de la cabeza (ese que está entre el cuello y la nuca).

Un libro que da noticias y transcribe obras de poetas chinos, que cuenta, por ejemplo, con breves poemas de Tsa Chen Chi, quien expresa en una sola línea que su casa “está cerca del mar, la tuya en la otra orilla. Las lágrimas que te envío llegarán a ti con la marea”.
Y con esta increíble “travesura” llena de picardía de Wu Kieng llamada “Tormenta”:

“Maldije a la lluvia que, azotando mi techo, no me dejaba dormir.
Maldije al viento que robaba las flores de mis jardines.
Pero tú llegaste y alabé a la lluvia. La alabé cuando te quitaste la túnica empapada.
Pero tú llegaste y alabé al viento, lo alabé porque apagó la lámpara”.

Y:

Un ajedrez cuyo tablero es de cuadros azules y dorados lo mismo que sus piezas, que están labradas con el arte y la inocencia de los artistas - artesanos de la feria de Plaza Francia, en Buenos Aires.

Envío:

Ya que mencioné un ajedrez, quiero decirle a quien me pidió que hablara del poema de Borges así titulado, que pronto intentaré hacerlo.

A quien solicitó algo relacionado con la vejez, que ya hablé en parte de ella en una entrada de hace algún tiempo llamada “ El fuego del atardecer “, y que volveré a tocar el tema, tal vez con más cuidado.

A todos: asegurarles que los recuerdo uno por uno, que es un verdadero placer conocerlos y leer sus historias y argumentos… ¿Con qué me “obsequiarán” esta vez? ¿Anécdotas, reflexiones, o un hacerse presentes que siento cada vez más cercano?.

Además, les preparé una “adivinanza”:

En lugar de aclararlo al final, ustedes, que serán leídos por otros “ustedes” aparte de por mí, intenten entre adivinar y descubrir por qué llamé a este artículo “Escolopendra, escolopendra”, teniendo en cuenta todas las cuestiones que al pasar rocé: la poesía china, Aimé Cesaire, María Magdalena (la amiga de Jesús, no mi hija), los artesanos de las plazas…

Y abrazos, y gracias por escribir conmigo - estamos llenando este blog ya no a cuatro sino a cientos de manos.

Mora Torres



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