Revista Literaria Periódico Cultural

26.10.2010 GMT

El tío Pelayo. Ian Welden / Dinamarca

EL TÍO PELAYO

"En memoria del genial y generoso Pelayo Gajardo, que en paz descanse.

Y para todos los niños y niñas del mundo que no tienen un padre o una madre, pero sí un noble tío o tía que los quiere y cuida".

Yo ya no tuve padre a la edad de diez años. Él, siendo extranjero, regresó

a su país y no lo volví a ver jamás. Esa separación me causó un dolor

tan profundo que aún lo llevo intacto en algún lugarcito de mi alma.

El hermano de mi abuela Graciela, el tío Pelayo, asumió voluntariamente

la tarea de ser mi figura paternal.

Era mi tío preferido y siempre me invitaba a su vieja y casi derrumbada

casa en el pueblecito de Papudo, litoral chileno. Los temblores y terremotos la fueron convirtiendo lentamente en una especie de vivienda embrujada, de esas que veíamos en las películas de Walt Disney, pero la vida bullía con alegría y siempre había un lugarcito para mi entre mis primos, primas, tíos y tías.

No tengo idea en qué se ganaba la vida. Siempre vestía el mismo traje, corbata y zapatos muy envejecidos. Y un maletín, de cuero de dinosaurio, decía él, por lo avejentado que ya estaba. Pero jamás faltaba comida en la mesa,para doce personas o más, y braseros en los dormitorios para no morirnos de frío en las gélidas noches del Océano Pacífico. Y por supuesto algún dinero para comprar caramelos Ambrosoli.

A falta de recursos económicos para adquirir un automóvil encontró una ambulancia abandonada en un basurero; la llevó a su casa y con paciencia la fue limpiando y reparando hasta que la hizo funcionar. Incluyendo la sirena. Y el viaje de inauguración

del vehículo lo hicimos con serpentinas y globos a altas velocidades

por las polvorientas callecitas de Papudo y la sirena poderosa asustaba a

gallos y gallinas, chanchos y caballos y otros seres comunes en la vida

del pueblo.

En casa del tío me enamoré por primera vez. Fue de mi prima Sarita. Ay, qué terrible

señor! Era un amor correspondido pero absolutamente platónico. Caminábamos

por la playa recogiendo envoltorios de caramelos Ambrosoli para nuestra supuesta y fingida colección, y no nos atrevíamos a mirarnos mucho a los ojos porque cuando lo hacíamos era como mirar al sol de frente. Un destello de luz nos cegaba y ruborizaba.

Trepábamos por las rocas de la playa en los atardeceres y teníamos nuestro lugarcito predilecto cerca de los botes ya amarrados para la noche. Ahi cantábamos canciones

de moda tales como "Mi amor, mi corazón, eres tan bella, cómo un melón..!"

Todavía y ya en mi vejez me duele el alma cuando la escucho en la radio.

No recuerdo que sucedió con nuestro amor. Creo que nos perdimos en los recovecos de la vida...

Recuerdo también a mi prima Isabel, muy hermosa y de ojos verdes y penetrantes como diamantes a la luz de la luna. Tenía mi edad, 10 años, y este era un amor decididamente sensual pero jamás consumado. Un día, en una de las carpas que había en la playa y que

se usaban para cambiarse de ropa, me bajó el traje de baño y ahí estuvimos, de pié el uno frente al otro con los ojos cerrados... porque no sabíamos qué más hacer.

Mi tío me enseñó a peinarme como hombre. Ni mi padre ni mi madre se habían preocupado de hacerlo y mi cabello siempre muy largo caía revuelto como el de un espantapájaros sobre mis anteojos y orejas.

Él me llevo a la peluquería y ahí después que me cortaron un kilo

de pelo, sacó su propia y sagrada peineta del bolsillo y me dijo: "De este lao pa´la izquierda y aquí te hacís la partidura. Y este lao pa´la derecha y quedai macanudo!"

Y yo hasta el día de me acuerdo de él cada vez que me peino.

Íbamos todos a pescar al destartalado muelle de Papudo por las noches.

Una vez me caí al agua. Habría tres metros de altura desde la plataforma

del muelle al mar. Me estaba ahogando entre la gritería de mis primos y de los

pescadores. En medio de mi angustia, apareció mi tío a mi lado en el agua, con su traje

y corbata y zapatos, y me salvó la vida. Era mi héroe.

Cuando yo vivía con mi madre en Santiago, el tío Pelayo venía a visitarnos.

Llegaba en su ambulancia con sirena y todo, causando risa o espanto entre mis vecinos.

Generalmente planificaban con mi madre, abuelo y abuela, mi próxima estadía en Papudo, lo que me alegraba el alma porque podría ver a Sarita e Isabel nuevamente.

Pasaron los años. Mi adolescencia me llevó a vivir a otros países y perdí todo contacto con él.

Me fui a Barcelona donde viví un año y desde ahí me trasladé a Copenhague.

La primera vez que viajé nuevamente a Chile lo primero que hice fue llamarlo. Hablamos por teléfono y quedamos en encontrarnos en el Kika, un café restaurante muy famoso en la calle Providencia, cerca del inmundo Canal San Carlos, en Santiago de Chile.

Nuestra reunión fue triste. Me contó de la muerte de su adorada esposa, la tía Gary.

Se veía muy viejito, con un bastón. Le pregunté por la ambulancia y nos reímos.

La soledad lo embrujaba. Eso era.

Este hombre maravilloso, genial y generoso, que una vez fue el espíritu vivo de varias generaciones en nuestra familia, había sido abandonado por nosotros cuando más nos necesitaba.

Sentí vergüenza y se lo dije. El guardó silencio.

Nos dimos un gran abrazo y se fue de mi vida para jamás volver, apoyándose en su viejo bastón, seguramente a golpear en alguna puerta para mendigar una tacita de té y un poco de compañía.

La vida puede ser muy ingrata niños queridos.



Ian Welden

Valby, Copenhague

Dinamarca

ian.welden@mail.dk



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