Revista Literaria Periódico Cultural

16.12.2010

16.12.2010 GMT

Había una vez una montaña/ Eloy Yague

/ Caracas Crónica / / eloi57@gmail.com

El viejo timoneaba la embarcación y el niño estaba sentado cerca de la proa mirando el paisaje. Estaban en el gran lago de agua salada. A lo lejos se veían los picos de una montaña pelada. No era la primera vez que iban a ese sitio. En el lago había muchas islas pero no tenían playas, eran de laderas escarpadas y áridas. No valía la pena quedarse allí, no había nada, ni plantas ni animales ni agua dulce. Eran lugares desolados, vestigios de una época clausurada. Un gran silencio lo dominaba todo. Sólo, de vez en cuando, se oía el rumor del oleaje.

En ese instante pasaban frente a dos torres grises que emergían del agua. Las paredes estaban llenas de algas y carcomidas por el salitre. Era un lugar peligroso y lo sabían. Por eso no se acercaban demasiado.

-Abuelo, ¿como cuánto miden esas torres?

-Ah, esas las llamaban Parque Central. Eran las torres más altas de la ciudad. Cada una de ellas medía más de cien metros.

-Entonces el agua debe cubrir, más o menos, cincuenta o sesenta metros.

-Así es -dijo el abuelo orgulloso de los avances de su nieto en matemáticas.

Al niño le gustaba oír las historias que le contaba su abuelo. Pero la que más le gustaba era la de la ciudad sumergida. Se la había contado muchas veces y se la sabía casi de memoria. Pero esta vez tampoco resistió la tentación.

-Abuelo, cuéntame la historia de la ciudad sumergida.

-¿Otra vez? Está bien. Había una vez una montaña muy alta que surgió de la lucha furiosa entre el agua y la tierra hace miles de años, entre los periodos paleozoico y precámbrico. Más que una montaña era toda una cadena montañosa. Cuando la tierra se estabilizó, la montaña quedó como un muro entre el mar y un valle sobre el que estamos navegando.

-Sí, se llamaba el valle de Caracas, ¿verdad?

-Así es. En épocas antiguas vivían unos indígenas llamados los toromaimas. Ellos tenían una leyenda según la cual ante una ola inmensa que caía sobre el valle le pidieron a su dios Guaraira que los protegiera.

-¿Era un tsunami, abuelo?

-Sí, una especie de tsunami.

-¿Cómo de cuantos metros, abuelo?

-Como de dos mil metros.

-Guao. Entonces, ¿qué pasó?

-Pues el dios Guaraira los escuchó y convirtió la ola en piedra y así fue que surgió esta gran cadena montañosa que desde ese momento fue refugio de muchos animales y plantas.

-¡Increíble!

-Sí. Por eso para los toromaimas esta montaña era sagrada. Era como un templo, un santuario y la llamaron Guaraira Repano, que significa varias cosas: Sierra Grande, o lugar de las dantas o "la ola que vino de lejos", para recordar el origen del cerro.

-¿Qué eran las dantas, abuelo?

-Unos animales grandes con trompas que vivían en la montaña y que para los toromaimas eran sagrados. También vivían venados, tigres, culebras, miles de pájaros de muchos colores que alegraban el valle con sus trinos.

-¿Y qué pasó después?

-Luego llegaron unos hombres blancos con barba que olían muy mal y lucharon contra los toromaimas. Pelearon y pelearon porque querían invadir las tierras de los indígenas. Pero finalmente ganaron los blancos porque tenían armas secretas que escupían fuego. Entonces, cuando vio que la guerra estaba perdida, un chamán, que era una especie de sacerdote, lanzó una maldición: Si el hombre blanco destruye la montaña sagrada, el dios Guaraira se encargará de aniquilarlo.

-¿Los blancos se quedaron en el valle?

-Así es. Entonces construyeron una ciudad pequeña porque no había mucho espacio, ya que era un valle de 20 kilómetros de largo por 4 de ancho.

-Sin hacer caso al chamán.

-No, los invasores no entendieron que este valle era un lugar sagrado, un templo, no un lugar para vivir. Pero se quedaron aquí por la codicia, porque aquí había oro.

-¿Ese metal amarillo?

-Sí. La ciudad fue creciendo, cada vez tenía más habitantes. Y el dios Guaraira les recordaba cada cierto tiempo que debían irse, mediante inundaciones, terremotos, y otros fenómenos naturales. Pero los invasores no querían irse. En cambio cada día llegaban más y más personas. Vivían en las calles, debajo de los puentes, en cualquier hueco disponible. Pero llegó un momento en que no hubo más espacio en la ciudad, había demasiados carros, demasiadas personas, no había agua, ni comida, ni electricidad ni vivienda para tanta gente. La ciudad se paralizó. Los carros quedaron abandonados en las calles y autopistas. Todo colapsó.

-Ah, ya sé, entonces decidieron irse a vivir a otro sitio.

-No, mijo. Entonces los gobernantes permitieron construir en el cerro. Pero nadie pudo controlar la invasión, la gente empezó a arrasar con todo, a talar árboles, con grandes máquinas amarillas rompieron las laderas para hacer carreteras, movimientos de tierras. Destruyeron todo, plantas, animales, quebradas. Invadieron toda la montaña pero ni aún así pudieron construir las casas que la gente necesitaba. La convirtieron en un desierto.

-Pero no entiendo, ¿no se daban cuenta de que en la montaña se producía el aire que respiraban, el agua que tomaban, la belleza que necesitaban para sentirse humanos? -dijo el niño con lágrimas en los ojos.

-No, mijo, no se daban cuenta, estaban ciegos. Hubieran podido mudar la ciudad, había mucho terreno, a los lados del río padre Orinoco. Ahí hubieran podido instalarse, con el agua cerca, y los grandes recursos a la mano. El gobierno pudo dar el ejemplo trasladando las oficinas públicas, construyendo muchas ciudades pequeñas que le hubieran dado trabajo a miles de personas.

-¿Entonces pasó la gran tragedia?

-Así es. El dios Guaraira, enfurecido por la soberbia y la ceguera de los humanos, cumplió la maldición: ocurrió un terrible terremoto, la montaña se partió en dos y el mar se metió en el valle. Todo ocurrió súbitamente. Nadie pudo escapar a la tragedia. Millones murieron ahogados. En minutos, todo lo que habían construido durante tantos años quedó sepultado bajo las aguas. Por eso hoy venimos a arrojar flores al agua, para recordar a todos aquellos que perecieron sin haber entendido las señales.



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